Ofrezco unos “comentarios” sobre los “comentarios” en torno y en contra a la columna “Contra el imperialismo académico” de Herlihy-Mera y Huyke Souffront publicado en 80 grados. Pero me voy a enfocar en los estudios puertorriqueños.
Y aquí se va de nuevo a tapar el cielo con la mano.
En vez de dialogar con los autores de la columna, llegó el ataque. ¿Y por qué? Porque hay verdades que duelen. Y cuando esas verdades se vuelven virales, pueden poner en riesgo las agendas políticas de ciertos cliques: los mismos cliques que han contribuido al deterioro abismal de Puerto Rican Studies, desde algunas de sus asociaciones profesionales hasta el propio Centro de Estudios Puertorriqueños, durante la última década o más.
El problema es que, cuando una crítica toca intereses, carreras y monopolios simbólicos, resulta mucho más fácil descalificar al crítico que contestar sus argumentos.
Uno de los argumentos que parecen emerger de esta defensa es que el Puerto Rican Studies “inclusivo” es aquel que se limita, cada vez más, a una nueva generación y a un reducido circuito académico dedicado primordialmente a estudiar lo afro, lo queer o ambas cosas.
Y aquí hay que hacer una distinción importante: estudiar raza, sexualidad, género y sus intersecciones es indispensable para comprender Puerto Rico. Reducir Puerto Rican Studies a esos marcos, sin embargo, no es inclusión. Es otra forma de exclusión.
Pasamos entonces de la inclusión y la equidad a una miopía manufacturada, cuyo propósito parece ser cementar una “escuela de pensamiento” y un circuito de producción académica cada vez más cerrado, autorreferencial e incestuoso.
Reeks of privilege-establishing.
Porque una disciplina no se fortalece cuando un pequeño grupo decide qué preguntas son legítimas, quién puede formularlas, quién merece ser citado, quién obtiene posiciones, quién recibe fondos y quién es reconocido como portavoz de un pueblo. Eso no es descolonización. Es simplemente gatekeeping con un nuevo vocabulario.
Y aquí aparece una de las mayores ironías. Se atreven a decir que la visibilidad de Black Lives Matter fue la que le dio mayor auge y visibilidad a Puerto Rican Studies. ¿En serio?
Parece que tenemos una memoria bastante selectiva.
Fue bajo la dirección de Edwin Meléndez que el Centro de Estudios Puertorriqueños se convirtió en un referente pionero de los estudios étnicos en Estados Unidos. Mucho antes de que Black Lives Matter se convirtiera en una plataforma nacional, generaciones de académicos, investigadores, estudiantes, archivistas, activistas y organizaciones comunitarias habían construido Puerto Rican Studies con muchísimo menos reconocimiento institucional y muchísimo menos capital cultural.
Y tampoco podemos olvidar la gestión del National Puerto Rican Agenda, que contribuyó a conseguir una cantidad sustancial de recursos públicos desde Albany para fortalecer instituciones y programas puertorriqueños.
Mucho menos podemos borrar de la historia el trabajo de los académicos puertorriqueños y puertorriqueñistas que elevaron Puerto Rican Studies como disciplina y como campo de producción intelectual: gente que escribió libros, levantó archivos, entrevistó comunidades, documentó nuestra historia y cultura, produjo conocimiento para públicos amplios y construyó instituciones cuando hacerlo no era precisamente una ruta segura hacia el tenure, la fama o el reconocimiento.
Ese trabajo no apareció mágicamente con el lenguaje académico de la última década. Puerto Rican Studies tiene una genealogía mucho más larga, mucho más diversa y, sobre todo, mucho más puertorriqueña.
Y aquí viene la pregunta de los 24 mil chavitos: ¿Será que algunos de estos académicos que hoy continúan echándole tierra a la Universidad de Puerto Rico y a quienes allí se doctoran tienen miedo de competir bajo condiciones iguales con los que se forman en la isla?
Porque imagínate lo que es ser nacido o criado en la diáspora, hacer carrera como puertorriqueñista aunque tu trabajo apenas toque a Puerto Rico —definido de la manera más amplia, inclusiva y globalmente posible—, presentarte como portavoz de Puerto Rico y luego ir a la isla a ofrecer una ponencia en inglés mientras te excusas una y otra vez por hablar inglés, explicando que no te gusta tu acento en español.
No hay absolutamente nada malo en que el español no sea tu idioma primario. Tampoco hay nada malo en no sentirse cómodo presentando o escribiendo en español. El idioma que dominas es, en buena medida, un accidente histórico. Duh!
Pero una cosa es reconocer esa realidad y otra muy distinta es convertirla en una narrativa de victimización.
Porque cuando las excusas terminan con la afirmación de que el acento propio y la supuesta “desgracia” de haber perdido una herencia cultural explican por qué el español —ahora convertido en un lejano “second language”— les ha cerrado puertas tanto en Puerto Rico como en Estados Unidos, tenemos que detenernos.
¿Qué puertas exactamente? Porque, hasta donde yo veo, el hecho de no hablar español fluidamente no les ha cerrado puertas en la academia puertorriqueña.
Más bien lo contrario. Llegan a Puerto Rico y presentan en inglés como buenos cangrimanes. Investigan. Publican. Son invitados. Son escuchados. Algunos incluso desarrollan investigaciones cuya principal fuente primaria- de la manera mas viciada– son familiares, amistades y redes personales.
Y cuando regresan a Estados Unidos, su inglés nativo —y, sobre todo, su dominio del lenguaje académico codificado que habla directamente al White Liberal Gaze— es una gran ventaja institucional.
Mientras tanto, los que vienen de la isla, y quienes aprendieron inglés como pudieron, no tienen ese lujo. No pueden decir: “No me gusta mi acento”. Tienen que mascar el inglés. Tienen que demostrar una y otra vez que son intelectualmente competentes. Tienen que explicar por qué publicaron en español. Tienen que defender que una investigación escrita en español también es scholarship. Y tienen que soportar que su producción, sus argumentos y hasta su educación sean evaluados de manera distinta porque su inglés no suena suficientemente “professional”.
Que ironía monumental: un idioma que algunos quieren descolonizar desde el Ivory Tower termina siendo utilizado para establecer jerarquías entre quién tiene autoridad para hablar sobre Puerto Rico.
El español se convierte entonces en patriarcal, colonial, gender-oppressive y problemático cuando lo habla el otro; mientras que el inglés continúa funcionando como el idioma natural de legitimación institucional. Y bien funny- estos mismos Puerto Rican scholars que pintan al español de esta manera- terminan utilizando frases en el mismo español to play the “bilingual scholar” frente al White Liberal Gaze. Exoticize much?
¿Y se atreven a hablar de imperialismo y colonialismo? Dale vamos- que me resulta jocoso dentro del humor más negro.
Porque algunos de estos académicos diaspóricos —diasporricans, como quiera que se quieran llamar hoy— reproducen precisamente los discursos jerárquicos de competencia imperial y dominación colonial que dicen combatir.
En esa jerarquía, lo Anglo marcaba civilización, modernidad y sofisticación, mientras lo hispano y latino aparece como atraso, provincialismo, corrupción, patriarcado y barbarie.
Es un discurso antiquísimo- por eso uso hispano en esta narrativa- in case you wonder.
Fue utilizado para diferenciar el colonialismo y colonias inglesas de las españolas. Fue reciclado por los Estados Unidos durante su expansión continental y ultramarina guiado por su proyecto WASP. Y formó parte de la retórica utilizada para justificar imponer un tutelary colonial state en Puerto Rico después de la invasión estadounidense en 1898: un pueblo presentado como incapaz de gobernarse plenamente, necesitado de supervisión, disciplina y “civilización”.
El mismo lenguaje cambia de ropa, pero no necesariamente de estructura.
Ese es precisamente el discurso imperialista y jerárquico que se reproduce cuando se presenta a la Universidad de Puerto Rico como una especie de fábrica provincial de conocimiento inferior- plagada de académicos colonizados o colonizadores que reproducen western hierarchical thought, y pues quien ahí se forma es intelectualmente sospechoso hasta que sea validado por las instituciones de la metrópoli– ahora en manos de los cliques diásporos.
Y qué ironía.
Estos descolonizadores, que se han trepado precisamente haciéndose pasar por portavoces y campeones no solo de Puerto Rican Studies sino de Puerto Rico, terminan presentando a la isla mediante una nueva versión —un rehash bastante ignorante— de viejos tropos coloniales.

Puerto Rico aparece como damsel in distress. Un país lleno de políticos corruptos. Académicos que reproducen Western hierarchical thought. Instituciones incapaces. Un pueblo tan colonizado que no reconoce su propia colonización. Y hasta un pueblo que supuestamente padece de Stockholm Syndrome a nivel nacional. Un pueblo que necesita un savior!
No kidding. Este es su discurso.
El puertorriqueño de la isla termina convertido en su Little Brown Brother: alguien que necesita ser explicado, rescatado, corregido, educado y, sobre todo, representado por aquellos que poseen las credenciales y el lenguaje correcto para hablar en su nombre. Y por supuesto- representados por esos que ya se han despertado.
He ahí la verdadera colonización.
Y lo digo desde la diáspora, de la cual soy parte desde 1999.
Lo digo también desde la academia, esa misma academia que no soporto —particularmente las áreas de Ethnic Studies y afines de las cuales he formado parte— cuando dejan de ser espacios para producir conocimiento y diálogo y se convierten en mecanismos para construir cliques, amasar fama, acumular capital institucional y proteger posiciones de poder.
Porque el problema no es que exista una nueva generación de scholars. El problema no es que estudien raza, género, sexualidad o identidad. El problema es cuando una generación convierte sus propios marcos interpretativos en la única puerta de entrada legítima al campo.
El problema es cuando la inclusión se convierte en exclusión. Cuando la diversidad se convierte en homogeneidad ideológica.
Cuando la descolonización se convierte en otra forma de colonialismo intelectual.
Y cuando quienes dicen hablar por Puerto Rico comienzan a hablar sobre Puerto Rico de una manera que termina silenciando a los propios puertorriqueños que ya ni cualifican como tal bajo sus reductoras definiciones.
Aquí llega entonces el diasporrican scholar que ha hecho fama, fortuna y carrera con la porno-miseria, el protagonismo y la explotación académica de las calamidades puertorriqueñas. El que se presenta como first responder — y como portavoz del “sufrimiento” y las “luchas” de un pueblo.
Y luego llega a Puerto Rico a explicarle a quienes viven allí qué significa su propia realidad.
Y a criticar e invalidar a quienes se forman en la isla. A quienes se chupan el limber de bregar diariamente con la realidad puertorriqueña en la isla.
A quienes cargan con docencia, investigación y administración con recursos limitados. A quienes educan a su gente mientras intentan producir conocimiento. A quienes publican en condiciones mucho más difíciles. A quienes no tienen el lujo de convertir cada calamidad en capital académico.
Y entonces vienen algunos de estos scholars a taparles la boca porque se atrevieron a hablar del privilegio de las instituciones de la metropolis. De la misma manera que intentan silenciar a sus propios sujetos de estudio cuando sus experiencias no encajan con la narrativa prefabricada como si fueran Casas Massó.
Y luego se atreven a decir, después de su gran despliegue de academic disaster capitalism —lucrándose académica, profesional y simbólicamente de las calamidades que llevan azotando a Puerto Rico durante las últimas tres décadas—cantándose portavoces de Puerto Rico- que Puerto Rican Studies is not about Puerto Rico.
Pero que gimnasia mental – ni el Cirque du Soleil- que gasligthing.
Porque si Puerto Rican Studies no es sobre Puerto Rico y los puertorriqueños (definido de la manera más global e inclusiva posible), entonces hay que preguntarse: ¿Sobre qué —o sobre quién— es?
¿Sobre las carreras de quienes lo estudian? ¿Sobre las categorías teóricas que están de moda? ¿Sobre los debates internos de la academia estadounidense? ¿Sobre quién controla el campo? ¿Sobre quién tiene autoridad para definir lo puertorriqueño? ¿O sobre Puerto Rico y los puertorriqueños, dondequiera que estemos?
Porque Puerto Rican Studies puede y debe ser y es mucho más amplio que Puerto Rico. No debate here. Debe estudiar la diáspora, la migración, la raza, la clase, el género, la sexualidad, el imperio, la ciudadanía, la militarización, la cultura, la economía y las múltiples formas en que los puertorriqueños hemos construido nuestras vidas en Puerto Rico y fuera de él y ampliado y diversificado el mismo significado de Puerto Rico, puertorriqueño, Isla y archipiélago.
Pero precisamente por eso no puede dejar de ser Puerto Rican Studies. No puede convertirse en estudios de la academia sobre sí misma utilizando a Puerto Rico como escenario, fuente de datos, objeto exótico o cantera de trauma.
Eso no es descolonización. Eso es simplemente cambiar quién ocupa la silla del colonizador.
Hipocresía. Gaslighting. Y colonialismo de la peor calaña.
Y al final del día, víctimas. Porque esa parece ser una de las pocas cosas que algunos saben vender con absoluta eficiencia: imagined grievances y self-victimization, mientras simultáneamente acumulan capital, ocupan espacios, controlan narrativas y deciden quién merece entrar al campo.
¿Y Puerto Rican Studies? Completamente en picada. Limitado. Plagado de gatekeepers. Dominado por algunos de los mismos descolonizadores y performers patológicos de este gran teatro diseñado para satisfacer al White Liberal Gaze.
Y con una producción académica que, en demasiados casos, es cada vez más mediocre e irrelevante, repetitiva y autorreferencial.
Hay tanto incesto intelectual que ya ni siquiera hace falta esperar cien años de mediocridad para empezar a ver las colas de cerdo.
El problema no es que Puerto Rican Studies cambie. El problema es que deje de cuestionarse a sí mismo. Una disciplina que nació precisamente de la lucha contra la exclusión no puede convertirse en otro club exclusivo. Una disciplina que denunció la invisibilización de los puertorriqueños no puede comenzar a invisibilizar a los puertorriqueños que no hablan, piensan o escriben “de la manera correcta“.
Una disciplina que pretende descolonizar no puede reproducir las jerarquías coloniales de idioma, prestigio, institución, raza, clase y autoridad intelectual.
Y una disciplina dedicada a estudiar a un pueblo no puede terminar tratando al propio pueblo como el objeto que necesita ser explicado por una pequeña élite de intérpretes profesionales.
Puerto Rican Studies no necesita menos diversidad. Necesita más.
Más voces, más debate. Más rigor, muchísimo más. Más isla. Más diáspora.
Más español. Más inglés. Más archivos. Más trabajo de campo.
Más historia. Más ciencias sociales. Más humanidades. Más análisis cuantitativo y calitativo.
Más diálogo entre quienes están aquí y quienes estamos allá o en los dos aldos.
Y, sobre todo, menos cliques, menos gatekeeping y menos académicos convencidos de que hablar por Puerto Rico les concede autoridad sobre Puerto Rico.
Porque descolonizar no significa sustituir un amo por otro. Significa aprender a reconocer las jerarquías —incluidas las nuestras— y tener la valentía intelectual de cuestionarlas. Incluso cuando cuestionarlas amenaza nuestra propia posición dentro del clique.