Los “influencers” boricuas son tan absurdos, deshonestos, ignorantes y dados al antiintelectualismo como las turbas MAGA.
Y antes de que alguno venga con el lloriqueo de siempre —”¡Ah, pero estás comparando a Puerto Rico con Trump!”— déjenme aclarar algo.
No. Estoy comparando todos los nacionalismos. Esto viene de atrás.
Porque el nacionalismo no tiene ideología fija. Cambia de bandera, de himno, de colores y hasta de idioma, pero sus mecanismos psicológicos son prácticamente universales.
Lo mismo ocurre con el MAGA estadounidense, el fascismo italiano, el nazismo alemán, el peronismo y kirchnerismo más radical, el chavismo venezolano, algunos sectores del independentismo puertorriqueño, el franquismo español o cualquier otro movimiento que convierta la nación en una religión política.
Todos parten del mismo libreto.
Y por eso sostengo algo que incomoda tanto a la izquierda como a la derecha: el nacionalismo es el verdadero opio de las masas.
Es fácil de consumir porque no exige pensar. No apela a la razón ni a la complejidad de la política o de la historia. Mucho menos al pensamiento crítico. Apela a emociones primarias– a instintos básicos. Y las emociones siempre venden mejor que los argumentos de la misma forma que el odio mueve mas a la gente que el amor por otros.
El nacionalismo no elimina el pensamiento crítico. Lo reemplaza por pensamiento identitario. Ya no importa si algo es cierto. Importa quién lo dijo.
Si el argumento viene de “los nuestros”, se acepta sin cuestionamientos. Si viene de “ellos”, se rechaza automáticamente.
La evidencia deja de tener valor propio. Si confirma la narrativa, se celebra. Si la contradice, automáticamente se convierte en propaganda, colonialismo, vendepatria, fake news, imperialismo, fascismo, comunismo o cualquier otra etiqueta útil para evitar discutir los hechos.
Porque discutir hechos es difícil. Etiquetar personas es fácil. El nacionalismo necesita exactamente eso. No necesita ciudadanos involucrados en el proceso democrático sino creyentes.



El nacionalismo no busca ciudadanos informados; busca creyentes disciplinados.
Apela pues el nacionalismo al deseo profundamente humano de pertenecer a un grupo, a una gran familia, a una nación presentada como más noble, más fuerte, más bella, más digna o moralmente superior que las demás.
Pero para funcionar necesita algo más. Necesita una víctima. Por eso construye un relato permanente de agravios.
O sea, te pinta a ti ya los tuyos como pobres víctimas levantándose en contra de los agravios.
Te convence de que tu pueblo ha sido sistemáticamente humillado, explotado, silenciado y pisoteado; que nadie ha sufrido tanto como ustedes y que, aun así, siguen “en pie de lucha”.
Todo termina reducido a un infantil “nosotros contra ellos.”
Y esa indignación se convierte en una adicción. Todos los días hay que encontrar un nuevo agravio. Una nueva ofensa. Un nuevo enemigo. Y es así porque el nacionalismo vive de mantener emocionalmente movilizados a sus seguidores. Si desaparece la indignación, comienza a desmoronarse el movimiento.
Toda religión necesita dogmas. Todo nacionalismo- lo cual no es más que un tipo de religión secular- necesita mitos.
Y aquí es donde entra el antiintelectualismo. Los expertos pasan a convertirse en enemigos naturales del movimiento. No porque sepan más, sino porque su trabajo consiste precisamente en complicar las narrativas sencillas. El historiador introduce contexto. El economista señala costos. El sociólogo encuentra variables. El científico cambia de opinión cuando aparecen nuevos datos.
Todo eso resulta intolerable para un movimiento cuya fuerza depende de ofrecer certezas absolutas.
Por eso prácticamente todos los proyectos nacionalistas terminan atacando a las universidades, desprestigiando a los investigadores o construyendo sus propios “expertos”, cuya principal credencial no es producir conocimiento sino confirmar los prejuicios del movimiento.
Termina así el nacionalismo siendo profundamente anticientífico. Y no me refiero únicamente a la ciencia natural. Me refiero al método científico mismo. A la posibilidad de decir: “La evidencia cambió; debo cambiar de opinión.”
Eso es exactamente lo que el nacionalismo no puede permitirse. Porque si cambia de opinión frente a la evidencia, deja de ser una religión política. La historia, la sociología, la economía, la ciencia política e incluso el periodismo dejan entonces de ser disciplinas para convertirse en armas propagandísticas. Y mucho peor aún en esta era en la cual “celebrities” surgen de la noche a la mañana utilizando las redes mediáticas con poca educación y limitados conocimientos hablando de la “verdadera historia”.
Ya no importa descubrir la verdad. Importa proteger el relato. Por eso el nacionalismo necesita controlar la narrativa histórica. No porque ame la historia. Todo lo contrario. Porque le teme.
La historia profesional, hecha con archivos, fuentes, método y ética, nunca sirve completamente a un proyecto político- mucho menos a uno basado en mitos. La historia está llena de contradicciones, contextos, intereses encontrados y seres humanos profundamente imperfectos.
No es una historia de Walt Disney- ni tampoco es el Josco.
No existen pueblos completamente inocentes ni pueblos completamente malvados. No existen héroes sin sombras. Ni villanos sin contexto. La historia destruye los mitos cómodos. Y el nacionalismo vive de ellos.
El nacionalismo no es amor por la patria; es la instrumentalización de ese amor para fabricar obediencia política.
Por eso también las redes sociales se han convertido en el hábitat perfecto para estos movimientos.
Los algoritmos no premian la verdad. Premian la indignación. No recompensan la precisión. Recompensan el engagement.
El historiador que dedicó veinte años a estudiar un archivo jamás competirá con un influencer que resume quinientos años de historia en un reel de sesenta segundos lleno de música épica, frases simplonas y enemigos imaginarios.
La mentira siempre tiene ventaja sobre la complejidad. Y los algoritmos amplifican precisamente aquello que genera rabia, miedo y tribalismo.
Así dejan de existir ciudadanos. Y aparecen las turbas digitales. Personas incapaces de debatir una idea sin recurrir al insulto, al linchamiento virtual o a la cancelación.
No buscan entender. Buscan aplastar. No quieren discutir. Quieren expulsar al hereje.
El daño más grande del nacionalismo no es político. Es epistemológico. Una sociedad deja de compartir una realidad común. Cada grupo comienza a vivir dentro de sus propios “hechos”. Dentro de sus propios héroes y sus propias conspiraciones.
Y cuando desaparece una realidad compartida, la democracia deja de ser una conversación para convertirse en una guerra permanente de narrativas. Ya no se debate sobre políticas públicas. Se pelea por identidades.
Y una democracia donde nadie acepta evidencia que contradiga su tribu deja de ser una democracia deliberativa para convertirse en un concurso de gritos.
En Puerto Rico no estamos inmunes a ese fenómeno. Tenemos toda una camada de influencers dedicada a vender mitos nacionales. Tanto los que se han atado al mito toxico nacional norteamericano como al mito toxico Boricua. Los venden por clicks, por monetización, por atención, por capital político.
Su producto no es la historia sino la indignación. Todos los días necesitan una nueva ofensa. Una nueva conspiración. Un nuevo enemigo.
Porque el algoritmo paga mejor el resentimiento que la evidencia.
Lo peor no son ellos. Lo peor son las masas que los siguen con el mismo fervor sectario que uno esperaría del trumpista más fanático o del chavista más raja tabla.
Porque eso hace el nacionalismo. Premia la lealtad por encima de la evidencia. El dogma por encima de la curiosidad. La consigna por encima del argumento.
Lo más chocante es que muchos hoy se autoproclaman expertos en historia cuando me consta que ni en la high school leían el párrafo del libro de texto que les asignaban. Nunca pisaron un archivo, nunca leyeron historia seria y jamás aprendieron cómo se construye el conocimiento histórico. Pare estos seres- los libros de historia nacen en matas de plátano.
Pero tienen un micrófono, una cámara y miles de seguidores convencidos de que un reel de sesenta segundos vale más que veinte años de investigación. Y ese, precisamente, es el mayor daño que el nacionalismo le hace a un país.
No empobrece únicamente la política. Empobrece la capacidad de pensar. Mata la curiosidad. Ridiculiza al experto. Desprecia la evidencia. Convierte la ignorancia en virtud y el conocimiento en sospecha.
Y cuando una sociedad llega a ese punto, deja de desarrollarse política, intelectual y moralmente. Porque ya no toma decisiones sobre hechos.
Las toma basada en emociones cuidadosamente cultivadas por quienes descubrieron que vender indignación siempre será más rentable que enseñar a pensar.